Asuntos problemáticos en las ferias literarias
Esta fue mi primera vez trabajando en la FIL. Fue una experiencia fabulosa porque lo hice para una de las instituciones más ricas que mis intereses pueden satisfacer, porque pude ver títulos de los cuales conseguí algunos, y porque tuve la enorme suerte de recibir libros gratuitos de la ONU y el BNP. También fue entrañable conocer a todos, con gente a la que quiero y admiro mucho, incluyendo a Susana Baca, a quien abracé con fervor, sintiendo sus manos frías y dulces por primera vez en mucho tiempo, y a Katya Adaui, a quien no había visto en siglos.
Fueron veinte días brutales de relaciones y experiencias, sin apenas espacio para el aburrimiento, a pesar de tener jornadas de 12 horas imparables, por suerte, con gente muy amable y con un genio de titanio, porque hay que tenerlo para aguantar una rutina laboral tan antiderechos. Por suerte, mi jefe, que tenía el mismo tren diario, me invitó a café, churros, sanguchitos y trufas, y no me jodió por salir a fumar, pero ahora mismo estaría en cuidados intensivos (aunque tiene un genio horrible cuando se estresa, a diferencia de mí, que soy un ángel de la tolerancia y la paciencia).
Mi hijo pudo ir un par de días y eso me alegró de nuevo. Estaba maravillado con todo lo que podía hacer y ver, pero tuvo suerte de no necesitar ir al baño.
Los baños de la FIL son de terror. Fueron improvisados, no estaban disponibles desde el primer día, ni el segundo ni el tercero, no tenían agua, el personal de limpieza tuvo que jalar los wáters a baldazos, no tenían cerraduras, las puertas se caían a pedazos, y sin duda eran insuficientes para miles de personas dignas, entre trabajadores y clientes. Incluso los baños portátiles estuvieron sin luz durante días, sin mencionar que se perdieron entre veinte y cuarenta minutos para finalmente usarlos. Es inconcebible que la feria tenga tantos años y que los trabajadores tengan que pasar largos periodos de tiempo tratando de usar los baños en lugar de producir o incluso distraerse un rato para romper con la obligación de estar de pie durante 12 horas intentando vender libros y registrar esas ventas. Y el personal de limpieza también necesita usar el baño. Era inconcebible que no se nos permitiera entrar a la feria cuando llegábamos para avanzar con el trabajo, ya fuera para limpieza o para acondicionamiento de los stands. Y también era inconcebible que los baños de mujeres estuvieran cerrados desde las diez de la noche, pero que los de hombres estuvieran disponibles en cualquier momento. No dudo que al menos una de nosotras haya acabado con pielonefritis.
Y sí, también tuve que comer en el suelo. Para mí no fue del todo desagradable, pues lo tomé como un picnic relajante y sin etiquetas, pero para quienes lo hacían a diario no creo que haya sido muy divertido, digamos, sino incluso indigno. Desde el primer día pregunté a todos los responsables por el "comedor de trabajadores" y nunca obtuve una respuesta positiva, solo gestos como "¿de qué habla esta señora?". Solo el día 19 descubrí, por mi cuenta, una sala con un cartel que decía "sala de expositores" y resultó ser el dichoso comedor segregado con cuatro microondas para los esclavos literarios.
Me pregunto si la CPL, además de recoger estadísticas de consumo (y no de comprensión de lectura), se encarga también de recoger datos de los editores, libreros y empleados que hacen funcionar la FIL... Creo que no, porque tras bastidores se trata de una desgracia olímpica que, o nadie ha visto nunca en primera persona, o nadie quiere exponer por algún miedo cojudo ni fidedigno.
Supongo que después de este post no me volverán a dar trabajo en una feria editorial, pero es peor saber que esos cientos de trabajadores entregan su cuerpo y mente para servir sin derechos primarios al conocimiento y al entretenimiento de medio millón de personas, una vez al año, durante tres semanas sin parar, como máquinas de escribir con una batería infinita irreal.
Aparte está la cuestión de los objetos no literarios que se ofrecen cada vez con más frecuencia en las ferias literarias, que es, por supuesto, importante, ya que se desviarían de su enfoque principal: el libro. Quizás debería ensayarse un perfil y una proporción de ubicaciones que no afecten la visibilidad literaria. Y la supuesta censura de un libro que los organizadores deberían haber conocido también es importante.
¿Debería la censura ser previa? Me pregunto si, de la misma manera que se ha condenado la supuesta censura, ¿se condenaría el libro de alguien que descalifica el feminismo, el antirracismo, los derechos humanos o el problema de la contaminación ambiental?
¿Debería haber en las instituciones públicas y privadas un filtro de escritores que califiquen sistemáticamente como “buenas personas”?
Personalmente, creo que no debería haber un filtro de "buenas personas", porque el derecho a expresarse es indistinto e inoportuno, y la bondad y el mal, en primer lugar, se han debatido durante dos mil años hasta la actualidad. En segundo lugar, el debate en el ámbito de la promoción literaria debería centrarse en cómo hacerla esencial y accesible, y quizás, otra cuestión relevante podría ser que, si alguien que escribe, ordinario o extraordinario, en sus textos aboga sistemáticamente por el odio como solución a los problemas sociales que suelen afligir a ciertas naciones (¿o a todas?). Lo que no es un derecho es hacer apología del odio. El filtro debería ser la apología del odio, quizá ya no simplemente del terrorismo, porque ese ismo se ha vaciado progresivamente de contenido en las últimas décadas: cualquier cosa es terrorismo, incluso con falacias, después de tantos años de existencia como tipo criminal. Entonces, ¿deberíamos preguntarnos qué es el odio?, e incluso, ¿qué es la apología?
Y sí, lo que personalmente me preocupa mucho son los derechos de quienes hacen funcionar las ferias literarias. El libro aún no ha alcanzado la popularidad de la televisión o de lo que hoy se ve como televisión en dispositivos audiovisuales. ¿Será porque detrás del libro hay personas y no industrias? ¿Acaso la edición no es una industria, por muchas máquinas que se utilicen para producirla? ¿Qué necesita la industria editorial: microempresas o transnacionales? ¿Velocidad y radio de influencia o productores? Creo que necesita las tres últimas cosas, y que su magnitud depende de la calidad del contenido.
Las publicaciones de interés público, es decir, sociales, políticas, económicas, cívicas y culturales, deberían tener mayor relevancia. Las publicaciones de interés privado, como mis reflexiones sobre mis problemas personales cotidianos, deberían quizás tener menos importancia para la publicidad y la financiación, a menos que fueran experiencias enriquecedoras para los lectores, si se encuentran en algún tipo de crisis, lo que significaría que «mis problemas personales cotidianos» no solo no son cotidianos, sino que afectan a una población e influyen en su vida cotidiana y sus relaciones con los demás.
Vuelvo a la libertad de expresión: es imprescriptible con excepción de aquellos cuyo discurso incluye sistemáticamente la apología del odio y apunta a la resolución violenta de los problemas.
Si en un texto el autor o autores proponen la masificación del odio y la comisión de crímenes, éste no debe publicarse.
¿Puede un Estado impedir la publicación de libros con apología de odio? Lo que sí puede hacer un Estado es posterior a la publicación, pero, al igual que con las noticias falsas y los videos difamatorios, lamentablemente es difícil erradicarlos al cien por ciento. ¿Por qué? Porque somos miles de millones de personas comunes y corrientes creando infinidad de cosas y conectadas a Internet, y la mayoría de este grupo no se caracteriza por tener tendencias criminales. El ser humano puede ser contradictorio, arbitrario o incluso incoherente, pero no es criminal por naturaleza. Definitivamente no. Quien crea que un ser humano es dañino per sé, no conoce a sus congéneres ni a sí mismo. El ser humano no es dañino, es otro ser en este mundo, un ser al que le encanta poner nombre a las cosas y seguirá haciéndolo: ergo, el ser humano es creativo, y eso es lo que lo identifica. Ciertamente crea problemas, pero también los resuelve, de lo contrario no estaríamos vivos o, de estarlo, nunca tendríamos experiencias de ningún tipo: ni "buenas" ni "malas" ni matizadas. Eso es absurdo. La especie humana es creativa y cada uno de sus miembros es hermoso, por absurdo que parezca en mi caso. Y esos miembros creativos de la especie humana sí son dignos, y comen como gente, necesitan servicios higiénicos para gente y horarios de trabajo decente con salarios decentes.
Comentarios
Publicar un comentario