De Artistas y sus Obras
Desde que usamos redes sociales digitales el debate acerca de la humanidad o inhumanidad del artista se ve que se enciende con frecuencia.
El artista con popularidad (orgánica o artificial, local, regional, nacional o internacional) resulta ser una especie de funcionario de su nación, un representante. No importa si su nación es un distrito o el mundo.
El artista puede creerse o se hace que se crea que es superhumano, pero es humano. Hace genialidades y estupideces como cualquier mortal: sociales, económicas o políticas. Pero, dada su importancia en una nación, lo que sí no se espera es que celebre y demande dictaduras ni que vuelva insignificantes principios morales básicos como no matar, no mentir, no robar, pues es un ser público. Si este ser humano artista expone que someter, matar, mentir o robar es considerable, factible, su ser sigue siendo humano, pero humano maquiavélico.
Aparte, el debate también incluye el asunto del nexo artista-obra.
Todos los seres humanos obran, pero la obra del artista además integra lo que produce según su disciplina y lo que produce en su humanidad: su vida y su filosofía. Que el artista no sea suficientemente público, no deja de hacer que sea público, que influya y que represente.
Cuando el ser artista muere, no muere el artífice ni el personaje creador de la obra; no muere ni disciplinaria ni humanamente. Y mientras se sepa quién produjo qué, el nexo es concreto y visible: artista y obra son indesligables.
Con el tiempo el artífice se disuelve y la obra permanece; poco a poco desaparece el origen de la obra y esta vive por sí misma a través de quien la interpreta.
Pero mientras la obra (el público) tenga claro el nombre de su hacedor, el vínculo es innegable y es ociosísimo pretender otra cosa.
Ningún artista es un ángel ni un demonio sobrenatural. Influye públicamente. Ese es su privilegio y su poder mientras vive físicamente e imaginariamente. Por eso es que en la historia encontramos tantas obras destruidas: para "matar" ideas y memorias.
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